Historia General de los FrancoChilenos.
Escrita por Chilean President.
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LOS ORÍGENES.
En primer lugar, antes del comienzo, hubo un
tiempo en que el mundo era más frío y sombrío.
Sobre una zona inmensa del hemisferio meridional se extendía
una descomunal masa de hielo. Su volumen era impresionante, incluso
en su borde exterior medía aproximadamente 10 metros de altura.
El gélido frío imperante azotaba las cavernas, dónde
las primitivas formas de vida luchaban por la supervivencia. Sin embargo,
con el paso del tiempo el reinado de las sombras inició una lenta
retirada.
Corría el año
4000 a.C., y las tribus de la meseta conocida como Fakun-Thilis
decidieron deponer sus litigios de tierras y formar una gran alianza
que las agrupase. No todo fue sencillo, la idea de formar la alianza
tenía muchos detractores, sin embargo el temor a los Gül-Hôm
(hombres de hielo que habitaban las tundras australes) y los For-Hôm
(hombres de la jungla que habitaban al norte del valle) fue más
fuerte.
El líder de la nueva
alianza era una figura extraordinaria que, en la costa de la que provenía,
ya se había convertido en una leyenda en vida. Se le conocía
a lo ancho y largo de Fakun-Thilis simplemente como Krona.
Había comenzado siendo
un simple agricultor, parecido a tantos otros terratenientes que habitaban
la costa occidental de Fakun-Thilis. Y eso es lo que habría
seguido siendo de no haberse producido una de esas tragedias que obligan
a un hombre, o a una comunidad, a tomar un rumbo muy distinto. En el
caso de Krona, lo que alteró la situación
fue la invasión de una tribu bárbara que desde hacía
tiempo venía merodeando, con la ayuda de los Gül-Hôm,
por aquella zona. Los saqueadores que habían llegado para devastar
la región de Krona eran un grupo relativamente
insignificante, una tribu anónima pero feroz, formada por individuos
altos y fuertes cuyo único interés consistía en
cazar, robar y destruir.
Un día, Krona
realizó una solitaria expedición a un lugar de la costa
norte, y a su regreso descubrió que los invasores habían
quemado su granja, matado a su mujer y a cuatro de sus cinco hijos,
además se habían llevado todas sus cabezas de ganado.
Cuando Krona contempló aquella terrible
escena, juró: “Me vengaré”.
Una vez conformada la alianza
de los Fakun-Thilis y fundada su ciudad capital llamada Sangode
Thili, Krona decidió formar un
ejercito de valientes agricultores para marchar sobre las fuerzas opresoras.
Su primer ataque se produjo en un poblado al norte de la ciudad capital,
un pueblo de nombre anónimo. Los aldeanos no presentaron resistencia
al avance del ejército, entregándoles como ofrenda los
mapas de la región. Krona lograba su
primera victoria sin derramar sangre.
Los años pasaron y los
deberes de Krona como líder supremo,
cabeza de la secta del sol, alcalde de Sangode Thili y padre
de Kana, la única sobreviviente de
la masacre bárbara, lo alejaron de los campos de batalla y menguaron
su belicosidad. Se volvió un estadista que velaba por su pueblo
y buscaba mejorar sus condiciones de vida, como también elevar
el conocimiento. Fue así como Krona
tuvo la brillante idea de llamar a los más destacados pensadores
de la ciudad a descubrir una nueva forma de comunicación que
les permitiese entenderse con otras tribus y mejorar la comunicación
al interior de los Fakun-Thilis. Lamentablemente, el sueño
eterno lo alcanzó antes de ver terminada su gran idea, conocida
posteriormente como el alfabeto, nacimiento del Frañol,
la nueva lengua de los Franco-Chilenos (variación moderna de
los Fakun-Thilis).
Así fue como Kana
(conocida también como Joan o Juana)
asumió el control de la primitiva nación. Con conocimientos
básicos de combate, la nueva líder tuvo que aprender el
arte de la guerra, decidiéndose por la habilidad llamada arquería,
aprendida de los Gül-Hôm (o Germanos) el año
de la firma de la paz.
Kana
D’Arc fue una gran gobernante. Convirtió
a los francochilenos en la tribu más poderosa del valle al dotar
a Sangode Thili de una gran cantidad de fuerzas militares,
gracias a lo cual el peligro de invasión por parte de los For-Hôm
(ingleses) y otras tribus lejanas (persas e iroqueses). Gobernó
por muchos años y su política con respecto al llamado
“mundo exterior” fue de aislacionismo absoluto,
siendo esta la herencia política de sus descendientes.
Sin embargo esta cosmovisión
francochilena no prosperó por mucho tiempo. Hacia el 2000 a.C.,
los druidas y las machis profetizaban sobre la amenaza
del futuro de no ampliar las fronteras. El temor a una inferioridad
frente a tribus amenazadoras significó el resurgimiento del antiguo
temor de Krona y su mensaje a las generaciones futuras;
“Me vengaré”.
Fue esto lo que permitió el inicio de la construcción
de caminos que llevarían a tierras ricas para la fundación
de las “Hijas de Santiago”.
En 1950 a.C. se funda al noroeste
de Sangode Thili, llamada ahora Santiago de Chile,
la ciudad de Rancagua, la cual se convirtió en pocos
años en el foco de producción más importante del
nuevo imperio. A Rancagua se sumaron los planes de fundación
de Viña del Mar en la costa del noreste y el de una
nueva ciudad en la costa occidental para recordar a Krona
(Curicó). Pero esta necesidad de expansión trajo
los nuevos vientos de guerra al imperio. La zona donde se iba a fundar
Viña del Mar fue tomada por los ingleses, quienes construyeron
Hastings. Inmediatamente la alerta sonó fuerte en Santiago,
y D’Arc decidió enviar tropas para eliminar
la amenaza norteña. Fue así como en 1350 a.C. estalló
la guerra. La gente temerosa de una violenta reacción inglesa
emigró al sur, sin embargo la sorpresa de una fácil victoria
y la caída de Hastings provocaron alegría en
todos. El Imperio FrancoChileno estaba llamado a convertirse
en una pieza fundamental del intrincado puzzle continental.
La expansión
del imperio continuó con la fundación de Viña
del Mar, al sur de las ruinas de Hastings, en 1325 a.C.,
y 300 años después Curicó cerca de la
costa occidental.
La
casa D’Arc impregnó con un toque de ilustración
el imperio en aquella época de sombras. Los avances tecnológicos
y el poder militar convertían a los francochilenos en una raza
fuerte y cohesionada. Además los siglos de paz, posteriores a
la guerra con los ingleses, permitieron a la nación realizar
construcciones imponentes en todas las ciudades, entre ellas, La
Gran Librería de Santiago de Chile, terminada en 250
a.C.
Sin embargo
la presión producida por la expansión de las demás
naciones, principalmente los germanos y los persas, provocaba gran temor
entre la población, que no pudo ser aplacada con la fundación
de Copiapó en 230 a.C. Todo indicaba que el futuro y
la supervivencia del Imperio FrancoChileno radicaba
en la guerra. La total y absoluta desaparición de las ciudades
germanas y las colonias persas del sur era necesaria. Al pueblo sólo
le restaba esperar cuáles serían las medidas que tomarían
las próximas generaciones de D’Arc.
EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA.
Los vientos de cambio y renovación
cruzaban todo el imperio. Rumores de la caída del viejo orden
y el nacimiento de una nueva, más justa y poderosa forma de gobierno,
se esparcían por ciudades y pueblos. Se le llamó Revolución.
La toma del poder por parte de los ilustres ciudadanos de las manos
de hierro de la Casa D'Arc.
En el año
30 de nuestra era la guerra civil parecía inevitable. Los ejércitos
de Santiago de Chile salían de su guarnición
en dirección a Rancagua con tal de apaciguar la revuelta,
sin embargo a menos de 2 horas de haber iniciado el viaje, las fuerzas
retornaron a la capital y clavaron sus amenazantes lanzas y relucientes
espadas en los jardines del Palacio Cousiño.
De pronto las puertas se abrieron de par en par y el poderoso y viejo
gobernante apareció a la luz del día. Lucía su
vieja corona y su azul capa. Caminaba con lentitud y miraba con una
mezcla de desdén y admiración a las fuerzas apostadas
frente a él.
Súbitamente
D'Arc blandió su espada y gritó:
"Yo soy el hijo de Krona. Soy yo quien gobierna.
Soy yo el heredero de la Dinastía. ¿Cómo osáis
venir aquí y mostrarme sus hierros afilados?". Entre
las fuerzas militares cundía la confusión. El viejo D'Arc
era como un padre para ellos, pero la necesidad de cambiar la forma
de gobierno era algo más que necesario. Fue entonces cuando de
entre las filas de los caballeros montados un joven y delgado capitán
del ejercito avanzó hacia D'Arc. Lucía
con orgullo el pulcro uniforme de las Fuerzas Montadas,
resaltando en él Las Medallas de Honor y La
Cruz de Krona por su participación en los victoriosos
combates contra bárbaros sureños.
Lentamente,
el capitán avanzó en su corcel hasta ubicarse frente al
gobernante. Desmontó y desenvainó su espada con su mano
derecha, levantándola con tal que todos los soldados lo vieran.
Parecía un sueño para quienes presenciaron la escena.
El líder desprotegido frente a un capitán de ejército,
y cientos de soldados petrificados mirando los acontecimientos.
Fue en ese
momento cuando el capitán Eduardo D'Arc
pronunció las siguientes palabras: "Oh padre mío,
el pueblo te lo implora, depón tu actitud y tu gobierno en sus
manos con tal de evitar el derramamiento de más sangre francochilena.
Tu primogénito te lo pide con respeto". Dicho esto,
el heredero del trono clavó su espada en el suelo y arrodillose
frente a su septuagenario padre. El gobernante, con sus ojos húmedos
y su mano temblorosa por el peso de su espada, no hizo más que
bajar la cabeza y asentir a los deseos de su hijo.
-Toma
mi corona, pues ahora es tuya- dijo D'Arc
a su hijo, y continuó al resto de los soldados- Sois vosotros
también hijos de Krona al igual que yo y si
es menester ceder mi trono a las nuevas generaciones con tal de mantener
esta sagrada alianza lo haré. Mas temo que sea un error os deseo
lo mejor e imploró al espíritu de Krona para que os guié
en vuestras futuras empresas.
De ese modo
en el año 30 d.C. el Imperio FrancoChileno comenzó
a ser conocido como la República de FranciaChile
en toda la isla. Enviados de lejanas tierras, como China, América
y Rusia comenzaron a llegar a la capital, deseando presentar sus respetos
a los nuevos gobernantes, que por cierto seguían perteneciendo
a La Casa D’Arc.
La
República FrancoChilena era un tanto particular. Existía
un líder absoluto llamado Superieur, él
llevaba las riendas del país y gobernaba de forma vitalicia (debía
pertenecer a La Casa D’Arc), sin embargo
el Gran Concejo, compuesto por Senadores
de las cinco ciudades, elegidos en votación por los ciudadanos
nobles, tenían poder suficiente como para suprimir las decisiones
del Superieur o tomar decisiones por si mismos. En
los primeros decenios de este nuevo sistema las disputas entre el Gran
Concejo y el Superieur provocaron muchas rencillas
y “ruidos de sable” en las filas del ejército,
sin embargo la guerra civil fue evitada.
Hacia el año
200 d.C., el Superieur y el Gran Concejo
coincidieron en que era vital para los intereses de la República
iniciar un proceso de expansión. Los germanos, en el sur, tenían
vastos territorios y comenzaban a representar una terrible amenaza.
Por otro lado las colonias persas en la costa este se tornaban peligrosas
y los campesinos se quejaban de las continuas rapiñas realizadas
por el ejército de Jerjes. Fue así como se determinó
que el enemigo más débil para FranciaChile
eran los ingleses. Luego de fundar en el sur la ciudad de Temuco,
los esfuerzos del gobierno se enfocaron en crear un contingente militar
para una futura guerra contra Inglaterra. La misión era clara,
buscar la guerra sin declararla. Ser el invasor sin dejar de jugar el
rol del “defensor”. En resumidas cuentas, esperar
a que Inglaterra declarase primero la guerra.
Pasaron los
años y las relaciones diplomáticas entre Londres
y Santiago de Chile se tornaron paupérrimas.
Las escaramuzas en las fronteras eran algo de todos los días.
A eso se sumaba un ejército nacional formado para la guerra y
un pueblo que había sido adoctrinado desde la infancia para ver
en Inglaterra el mal que era necesario erradicar de este mundo. Esa
concepción no estaba del todo equivocada desde el punto de vista
de los francochilenos, quienes habían adoptado como religión
nacional, La Vía de Cristo, mientras que los
ingleses aún se encontraban sumidos en las tinieblas del Paganismo.
POOR ELIZABETH!
En el año 630, los anhelos
belicosos del Gran Concejo y del Superieur
fueron colmados. Persia decidió invadir Inglaterra con tal de
ampliar su territorio y Elizabeth, la gobernante inglesa,
respondió a esa invasión exigiendo al Gobierno francochileno
el pago de una elevada suma de dinero por mantener la paz. El enviado
de la Reina fue prontamente rechazado con una nota que tenía
escrita solo una palabra… Una mítica palabra. "¡Venganza!".
A las poderosas
fuerzas francochilenas no les fue difícil penetrar el territorio
inglés. El conflicto en el norte contra los persas mantenía
ocupado al ejército inglés en una larga guerra de desgaste
y con poca movilidad de fronteras, por lo cual la guerra en el sur les
llegó en un muy mal momento. En 650, fuerzas del ejército
francochileno ingresaron a Coventry e izaron la bandera de
la República. Mientras eso ocurría en
el este, en el oeste una gran fuerza militar se dirigía a Londres
con la misión de capturarla. Sin embargo, y debido a la gran
cantidad de fuerzas de defensa inglesas apostadas en su capital tras
escapar del avance persa, hacían que un ataque a Londres
fuera inútil. A mitad de camino la contraorden llegó,
la nueva misión era capturar la gran ciudad de Nottingham
(La Casa del Gran Faro) y la ciudad de New Hastings
al norte de Rancagua. Por otro lado fuerzas desplazadas desde
Curicó se dirigían al norte, hacia Warwick.
En el 670,
New Hastings cae en manos francochilenas y York en
manos persas, el cerco a los ingleses se reducía cada vez más.
Durante la primera mitad del siglo VIII de nuestra era, la invasión
se convirtió en todo un éxito. En 710, Nottingham
cayó y en 740 Warwick era destruida al mismo tiempo
que los persas marchaban por Picadilly Square, llegando así
al final de la guerra anglo-persa. La rendición frente a FranciaChile
tardaría 10 años, con el tratado de Oxford, por
el cual la ciudad homónima pasaba a control de la Casa
D'Arc.
Y así,
con una política violentamente expansiva (fundación de
Talca en el 840 y de Antofagasta en el 920) se llegaba
al final del primer milenio de la Era Cristiana. En esos siglos La
Casa D’Arc y el Gran Concejo mantuvieron
una continua búsqueda del conocimiento y el reforzamiento de
la cultura nacional, gracias a ello en el 960 la centenaria ciudad persa
de Ergili se levantó en armas contra sus lideres y enarbolaron,
con orgullo, la noble insignia de FranciaChile.
El ejército
creció en número y poder al igual que el resto de la República.
La amenaza inglesa ya había sido eliminada, sin embargo nubes
oscuras asomaban en el horizonte, tanto por el norte como por el sur.
Hacia el año 900 la guerra germano-persa tenía como campo
de batalla las zonas fronterizas de la República
lo cual era preocupante, aunque más preocupante fue su firma
de paz, ya que ponía a FranciaChile como el
blanco de futuras aventuras bélicas de ambas naciones.
Por otro lado,
las noticias que llegaban desde las lejanas islas occidentales hablan
de dos brutales guerras entre los llamados aztecas e hindúes,
y griegos y egipcios. Los ganadores de aquellos conflictos se convertirán
en protagonistas claves del tablero internacional del cual FranciaChile
ya era parte.
En el año
1130, Santiago ve con preocupación la situación
geopolítica de la Nación. La República
se encuentra en medio de dos grandes potencias y sólo el tiempo
diría quién daría el primer golpe y a quién
iría dirigido.
Hay veces
en que el reloj de la historia se detiene durante muchos años.
Es como si alguien lograra pausar el tiempo y anular los cambios, la
evolución y el desarrollo. A veces tales pausas pueden durar
siglos. Centurias sin que nada cambie en el entorno global y en el núcleo
familiar. Sin embargo, entre los años 1130 y 1590 de nuestra
Era, los cambios que se produjeron en La República de
FranciaChile tomaron a todos de sorpresa y la rapidez con la
que se produjeron provocó, no sólo levantamientos civiles,
sino una transformación brutal y general del Estado.
En 1320 los
festejos en la costera ciudad de Viña del Mar atrajeron
a miles de personas desde lejanas tierras. La inauguración del
monumento a Fernando de Magallanes, gran navegante
francochileno, se había convertido en la mayor fiesta realizada
en el interior de la nación desde la apertura de La Gran
Librería de Santiago de Chile. Sin embargo los festejos
no ocultaban los temores de la población por las noticias llegadas
desde las afueras de las fronteras. Por un lado los persas aumentaban
su territorio a costa de los iroqueses en el norte, mientras que en
el sur los alemanes se encargaban de conquistar las colonias chinas
y rusas. Desde lejanas islas llegaban noticias de la invasión
por parte de los hindúes de la nación Azteca. Parecía
ser que todos los imperios crecían, mas el francochileno seguía
igual.
Los temores
de la población alcanzaron el máximo nivel en 1335, cuando
el cuerpo de ataque N°3 del ejército alemán ingresó
a Newcastle y asesinó despiadadamente a la monarca.
La capitulación de Newcastle significó el fin
del Imperio Inglés y provocó una de las mayores crisis
humanitarias de las que se tenga cuenta. A los campos del sur del país
llegaban hordas de desplazados en busca de comida y refugio. Las noticias
más impactantes llegaban de la zona controlada por Persia, las
cuales indicaban que los ingleses sobrevivientes a la masacre de Newcastle
estaban siendo ajusticiados por tropas de elite de Jerjes.
HERMANO CONTRA HERMANO.
Debido al temor a una invasión
similar a la que habían sufrido los ingleses, apareció,
como brotes de una enfermedad incurable, la semilla de un movimiento
que tenía como objetivo reemplazar la República
y otorgar auténtico poder al Pueblo, no sólo a los nobles.
Este movimiento estaba en contra de la figura del Superieur
y del Gran Concejo, llamando al Sufragio Universal
en busca de un nuevo líder que presidiese los poderes
ejecutivos de la Nación y la creación de un poder legal
que regulase al Gobierno. El Superieur -miembro aún
de la milenaria dinastía D’Arc-
veía en este movimiento la idea arrogante de los pobres ciudadanos
de la urbe y una clara amenaza para sus propios objetivos, anexionarse
Alemania.
El plan del
Superieur no era tan descabellado. Viendo la situación
actual del mundo, FranciaChile no podría resistir
mucho tiempo sin ser un imperio grande y poderoso. Personalmente, la
idea de la anexión de Alemania no le entusiasmaba, ya que la
frase dicha por Krona hace miles de años,
“Me vengaré"seguía
siendo el lei motiv de la Nación. Sin embargo, los alemanes
eran vistos con mucho más respeto que esos primitivos y sucios
persas.
Fue así
como en 1340 comenzó la represión. Los miembros de ese
nuevo movimiento, autodenominados “demócratas”
debían ser eliminados. Se crearon campos de exterminio a las
afueras de las grandes ciudades, donde eran masacradas entre 30 y 80
personas por día. En un primer momento el Superieur
y el Gran Concejo se sintieron complacidos, pero al
poco tiempo de iniciados los asesinatos masivos se dieron cuenta que
por cada demócrata que mataban, tres nuevos miembros
de ese grupo aparecían.
Durante cuarenta
años, el sentimiento "pro democratia"
creció y se fortaleció en los barrios pobres de FranciaChile,
pero también la represión se hizo cada vez más
fuerte. Muchas familias que, en público profesaban la admiración
y el respeto hacia la República y el Superieur,
en privado organizaban reuniones y actos de sabotaje contra el gobierno.
La última semana del mes de octubre de 1380, los rumores del
deseo, por parte del Superieur, de anexionarse Alemania
se hicieron públicos. Desde todos los rincones de la Nación
se elevaron voces de protestas e incluso, algunos miembros del Gran
Concejo, al ver el repudio popular al plan de unión,
dieron su público apoyo a los demócratas.
La tragedia de
los Mackenna.
Aquella
fatídica última semana de octubre, un joven demócrata
se dirigía a una asamblea en Curicó. Estaba contento.
Según los líderes del movimiento, en Santiago
se estaban produciendo cambios importantes, pero ellos no imaginaban
lo que este joven les quería contar. Caminaba con rapidez. Había
anochecido. El reloj de la catedral de la plaza marcaba ya las ocho.
La asamblea debía de haber comenzado. Y además, a Rodrigo
Mackenna no le gustaba la oscuridad de la ciudad.
Al
doblar la esquina y ver la puerta de la casa en la que se llevaba a
cabo la asamblea Rodrigo redobló el
paso. Sin embargo, no fue suficientemente rápido para evitar
que dos miembros de la Guardia Republicana se abalanzasen
sobre él, lo tomasen por los hombros y lo lanzasen contra la
pared. Trató de resistir, dió patadas, escupió,
gritó, pero nada. Pronto llegaron más guardias y pudo
ver horrorizado como sacaban de la casa los cuerpos inertes de sus compañeros.
Todos habían sido asesinados. El movimiento tenía un espía.
En
Santiago un miembro del Gran Concejo
se sintió complacido por la captura del grupo subversivo curicano.
Hace tiempo les llevaba la pista, y sólo con pagar unas pocas
monedas de oro y prometer que dejarían en paz a su familia, había
logrado sacarle toda la información a un desertor demócrata.
Ya pensaba en grande; un ascenso, una nueva casa en el barrio alto o,
tal vez, ser el futuro Superieur de este país.
No, era adelantarse demasiado. Para Mariano Mackenna,
haber logrado la desarticulación de la célula más
importante de los demócratas en Curicó, era premio suficiente.
Por eso se sorprendió con el mensaje urgente que había
enviado su mujer. No decía mucho, sólo una frase: “No
lo mandes a matar”. Era extraño, tanto Fernanda
como él, eran acérrimos enemigos de los demócratas.
¿Pero...?¿De qué demonios hablaba? No
entendía absolutamente nada. ¡Bah! Probablemente un
pariente de alguna de sus amigas estará entre los criminales
arrestados. Pero él poco o nada podía hacer, estaba
fuera de sus manos. Además, enviar una petición para evitar
la ejecución de uno de los criminales tomaría dos días
y él no tenía el nombre del individuo, tendría
que mandarle un mensaje a su mujer, que vivía en Curicó,
para tener más información. No, demasiado trabajo.
Demasiadas molestias por un miserable criminal. Fue así
como Mariano Mackenna, miembro del Honorable
Gran Concejo de FranciaChile, se retiró ese día
a celebrar con su amante santiaguina la muerte de los criminales de
Curicó.
Cuando
supo, dos días después, que su único hijo había
sido ejecutado junto con otros arrestados de Curicó,
rompió en llanto. Esa mañana, Mackenna
sufrió dos desmayos y tuvo que ser llevado a su casa de las afueras
de Santiago. Por la tarde, mientras lloraba en un rincón
de su pieza, apareció su mujer, Fernanda.
Sus ojos rojos e hinchados demostraban que había llorado mucho,
pero su rostro no tenía la más mínima expresión
de tristeza o piedad por su marido. El rostro de Fernanda
solo indicaba indignación y una rabia ciega contra Mariano.
A
la mañana siguiente, cuando descubrieron el cadáver del
honorable Mariano Mackenna, muchos
supusieron lo que pudo ocurrirle, sin embargo no se levantaron cargos
en contra de madame Fernanda. El
caso de los Mackenna se hizo rápidamente
conocido en todo el territorio y Rodrigo fue
elevado al sitial de héroe demócrata, permitiendo
una mayor difusión de esta historia y de los ideales del movimiento.
Sin embargo, el aporte de Rodrigo a la causa
democrática no se remitió sólo a su muerte. Cuando
se dirigía a la asamblea iba contento ya que tenía una
información muy importante que darle a los líderes locales.
Esta información estaba escrita en un pequeño pliego de
papel que llevaba entre las ropas, el cual cayó al suelo cuando
fue arrestado por la Guardia Republicana. Un niño de
la zona, que vio los sucesos de cerca, tomó el papel una vez
despejada la calle y se lo llevó rápidamente a su padre,
quién a su vez lo entregó a unos amigos suyos, de los
pocos demócratas que seguían vivos en Curicó.
La información
que había querido hacer pública Rodrigo
era la misma que manejaba su padre, de hecho a él se la había
robado, y consistía en una lista de nombres de capitanes y generales
del ejército regular que estaban dispuestos a pelear por la causa
democrática. El movimiento tenía ahora poder militar.
A fines de
1380 la guerra civil era cosa de días. El ejército regular,
en su mayoría, era pro democracia y se enfrentaría a la
Guardia Republicana del Superieur, claramente
menores en número pero con mayores recursos. Muchas veces la
guerra estuvo a punto de desatarse, pero siempre se veía aplazada
por inútiles y poco productivas pláticas de paz. En diciembre
de ese mismo año llegaron a FranciaChile las
noticias de la captura de la ciudad de Chalco por parte de
los hindúes y la consecuente destrucción de la nación
Azteca. Fue la chispa que encendió los combates.
En un primer
momento la situación se vio complicada para los demócratas,
que no lograban avanzar en el frente de batalla y sufrían numerosas
bajas. Sin embargo, tras dieciocho meses de combates que desangraban
al país, una importante facción de la Guardia Republicana
bajó las armas y se alió a los rebeldes. La modesta, pero
estratégicamente necesaria Armada también se
alió a los sublevados y logró transportar unidades a lejanas
zonas del Imperio.
Después
de dos años y seis meses de combates, y más de un millón
y medio de muertos, la guerra civil llegó a su fin el 14 de julio
de 1383. Ese mismo día se izó el nuevo Pabellón
Nacional en el Palacio Cousiño. Había
nacido una nueva nación, La República Democrática
de Chile, que con el paso de los siglos sería llamada
simplemente República de Chile. Todo recuerdo
de la casa D’Arc y de los francos
(nobles) había sido eliminado de raíz. El nuevo Presidente
había instaurado un Congreso Nacional y nuevas
leyes fueron decretadas. La alegría volvió a las calles
bañadas en sangre, pero no por mucho tiempo.
Durante los
siglos XV y comienzos del XVI, Chile se desarrolló
lentamente. Se realizaron intercambios comerciales con otras naciones
y se mejoró la calidad de vida. Sin embargo, el objetivo principal
por el cual se había cambiado la forma de gobierno aún
no se materializaba. La expansión territorial.
UNA APUESTA ARRIESGADA.
En 1500 Chile
contaba con dos partidos políticos de importancia; el Demócrata
y el Republicano. Ambos nacidos una vez terminada la guerra
civil. En ese año un republicano -aislacionista- estaba en el
poder, mientras que ambas cámaras del Congreso
estaban en manos de los demócratas. Este gobierno hubiera pasado
a la historia sin pena ni gloria, si no hubiera sido por los sucesos
ocurridos ese 18 de septiembre de 1500.
Desde New
Hastings llegaban las noticias de una penetración general
por parte de la caballería persa, la cual se dirigía rápidamente
hacia el sur. El Congreso llamó a una reunión
de emergencia, mientras el Presidente se reunía
con su comité de seguridad nacional. Tanto el Consejo
de Seguridad como el Congreso bicameral llegaron
a la conclusión de que pedir el retiro de las tropas persas significaría
probablemente una declaración de guerra por parte de estos, debido
a las malas relaciones entre Santiago y Persepolis,
además aún no había claridad de qué es lo
que realmente los persas querían hacer. Muchos rumores indicaban
que le declararían la guerra a Alemania, pero los análisis
más centrados indicaban que se trataba de reemplazos de unidades
para las ciudades persas al sur de Chile.
En 1515 los
chilenos se pudieron dar cuenta que Persia no buscaba reforzar sus ciudades
sureñas, sino que buscaban más ciudades. Las víctimas
de la Caballería Persa serían los alemanes.
Al presidente
Gabriel Alessandri le brillaron los ojos
esa mañana de abril de 1515, cuando fue informado del ataque
Persa a Bremen y a otras ciudades alemanas. Lo primero que
les dijo a sus asesores fue; “Es hora de nuestra venganza”.
Tan solo sesenta minutos después la Caballería
Montada Chilena salía de los cuarteles de Temuco,
Curicó, Concepción, Copiapó
y Santiago. Su misión era atacar sin piedad
a las dispersas fuerzas alemanas y conquistar el mayor número
de ciudades de la forma más rápida posible, para luego
negociar la paz a cambio de algunos conocimientos tecnológicos.
El grueso
del ejército chileno se movió rápidamente y ese
año quedó marcado en la historia como el de la Victoria.
Salzburg y Dortmund cayeron tras resistir unas cuantas
horas, mientras que la Caballería Montada en
occidente acababa con los Caballeros y la Caballería
de los alemanes fuera de las ciudades, con tal de dejarle el paso libre
a los persas. Alemania respondió tibiamente al ataque chileno
ya que el peligro de que la gran ciudad de Bremen cayera en
manos persas era más que latente.
Secretamente, en 1520 Chile
firmó un acuerdo de cooperación militar mutua con Persia,
lo cual les ganó muchos amigos, en especial chinos y rusos que
habían sufrido la destrucción y/o captura de sus ciudades
por parte de los alemanes.
La campaña
victoriosa se extendió aún más al sur, llegando
al límite de la temeridad por parte de la Caballería
Montada. Fuerzas de asalto rápido destruyeron los caminos
cercanos a Frankfurt con el objetivo de eliminar su red de
refuerzos, mientras que las fuerzas orientales del VII Escuadrón
de la Caballería Montada se hacían con el control
de la antigua ciudad inglesa de Liverpool y la gran ciudad
de Stuttgart.
A pesar del
amplio avance de las fuerzas chilenas todas se encontraban dispersas
defendiendo las ciudades recién conquistadas y ya no se podrían
realizar nuevos ataques masivos, que tantos beneficios habían
dado. A esto se sumaba el hecho de que los alemanes habían logrado
acabar con gran parte de las fuerzas persas y estaban ahora en libertad
de atacar las ciudades chilenas del sur. Fue así como en 1535
la ciudad de Copiapó sufrió el mayor ataque del
que se tenga registro. Alrededor de quince o veinte unidades de la Caballería
Alemana dieron el asalto a la ciudad, mientras que desde Bremen
se sumaba un ejército comandado por un general de nombre desconocido.
Al ataque a Copiapó se agregaba el asalto a Stuttgart
en el este, el cual fue repelido por Chile, no sin
antes sufrir muchísimas bajas.
Hacia 1545
el ataque alemán se había intensificado y muchas ciudades
estaban en peligro de caer, además los persas se habían
retirado del campo de batalla y se negaban traidoramente a acudir en
ayuda de Chile. Fue por eso que el gobierno demócrata
decidió firmar la paz. Se trató de un acuerdo simple,
no hubo retribución de dinero, ni donación de tecnología,
ni nada. Solo paz mutua. Por lo menos las cuatro nuevas ciudades eran
un botín más que bueno.
La victoria
chilena por sobre Alemania transformó a la Nación en un
pequeño pero poderoso Imperio, sin embargo otra habría
sido la historia de no haber contado con el respaldo de Persia en un
primer momento. Muchos republicanos sostenían que el ataque de
Persia a Alemania tenía como único objetivo provocar la
guerra entre éste país y Chile, para
así hacerse los persas con control de su antigua ciudad de Ergili,
bajo soberanía chilena desde hacía siglos. Estas teorías
de conspiración fueron rápidamente desechadas, hasta que
en 1565 la ciudad de Ergili inició una revuelta que
terminó por la arriada de la bandera chilena y el izamiento el
pabellón persa, algo que dolió mucho a los líderes
demócratas.
¡ME VENGARÉ!
Por otro lado el ejército
quedó con gusto a poco de la guerra. Sus fuerzas resistieron
fieramente los ataques alemanes al final del conflicto, pero probablemente
no habrían podido resistir el asedio germánico por mucho
tiempo más. En los labios de los generales se podía escuchar
el ya mítico “¡Me vengaré!”,
con el cual protestaban por la paz con Berlín y buscaban
que el conflicto se reiniciara.
En 1580 los
generales sonrieron. El ejército iroqués bajaba desde
New Hastings hasta Copiapó y comenzaba a hostilizar
a las fuerzas alemanas. Era la misma situación que habían
gatillado los persas ochenta años antes, sin embargo en esta
ocasión las llamadas a combate no fueron lanzadas, lo cual posteriormente
fue considerado un acto de suma prudencia por parte del gobierno, ya
que hacia 1590 las destrozadas fuerzas iroquesas corrían en retirada
hacia el norte, seguidas por decenas de unidades de la Caballería
Alemana.
Desde New
Hastings un suspicaz comandante del ejército le escribió
a un general en Santiago que: “…la cantidad de fuerzas
alemanas que corren en persecución de los iroqueses hacia el
norte es tal, que me hace sospechar realmente de la fuerza militar que
están dejando en sus ciudades…”. El general
dobló meticulosamente la carta y se acercó a la ventana,
desde la cual podía ver las luces tenues que iluminaban el Palacio
Cousiño. Tomando un sorbo de vino traído recientemente
de la capturada Stuttgart, el general Jorge Subercaseaux
refunfuñó: “Declara la guerra maldito cobarde.
Declara la guerra ahora que de una vez por todas los podremos aplastar”.
La tarea era
ardua y desagradable. Por más que pasaban horas cargando los
cuerpos inertes y desangrados, estos no disminuían en cantidad.
El río, que corría desde el norte, llevaba hasta las llanuras
a los caídos en las batallas de forma poco honrosa. En este campo
de muertos, generales y cabos compartían la misma trinchera inmunda,
siendo una imagen que se repetía en distintas zonas del norte
de Chile.
La brutal
guerra entre Alemania y la Nación Iroquesa tenía como
escenario la frontera entre Chile y Persia, mostrando
su cara más violenta e inhumana en las zonas cercanas a Antofagasta.
Los habitantes de esa ciudad miraban con pavor el movimiento de tropas
alemanas hacia el norte, rezando por un fin rápido de las hostilidades
y el regreso de la paz. Por otro lado, los comerciantes eran los que
estaban más contentos. El dinero que cargaban los alemanes había
permitido que sus posadas, bares y prostíbulos aumentaran sus
ingresos, haciendo de Antofagasta el más pujante centro
comercial del norte de Chile. Con la rapidez que llegaba
el dinero los antofagastinos lo gastaban sin detenerse a pensar en el
futuro. Si tan sólo hubiesen conocido con antelación el
‘Plan Subercaseaux’, todo habría sido distinto.
Hacia finales
del siglo XVI, el general Jorge Subercaseaux
había analizado las posibilidades reales que tenía Alemania
para defenderse en caso de guerra con Chile, siempre
que mantuvieran a la vez una guerra con la Nación Iroquesa o
en su defecto con Persia. Durante más de una década el
‘Plan Subercaseaux’ había sido olvidado
y se encontraba lleno de polvo en las bodegas de la Comandancia
en Jefe del Ejército. El plan contemplaba como se debería
actuar en caso de una guerra ofensiva contra Alemania y como se debería
actuar en caso de una guerra defensiva contra Persia, la Nación
Iroquesa o Alemania. Se trataba de una serie de estrategias bastante
complejas, las cuales consideraban movimiento de tropas, alineación,
posiciones de retirada y contragolpe, e incluso las ciudades que deberían,
en caso extremo, dejarse en manos del enemigo.
En efecto,
el plan nunca hubiera salido a la luz sino fuera por lo ocurrido el
13 de febrero de 1605. En un movimiento totalmente sorpresivo las fuerzas
persas arrasaron a la Caballería Alemana que
se dirigía hacia el norte en persecución de los iroqueses.
Las batallas fueron sencillamente una masacre. Los escuadrones alemanes
no atinaron a replegarse y fueron abatidos en todas sus posiciones de
avanzada, además las fuerzas persas apostadas en el sur iniciaron
un avance rápido a la ciudad de Munich, dónde
encontraron los primeros focos de resistencia.
El Concejo
de Seguridad de la Nación fue llamado de urgencia por
el Presidente de la República al día
siguiente. Por un lado estaban los republicanos, quienes exigían
que las tropas permanecieran en los cuarteles y que Chile
se mantuviera neutral en el conflicto, lo cuál era respaldado
por la necesidad de levantar la economía y productividad de la
nación que aún no se recuperaba de la anterior guerra
con Alemania. Por otro lado se encontraban los demócratas, respaldados
por la cúpula militar, comandada por el General Bernardo
O’Higgins, discípulo de Subercaseaux,
quienes opinaban que era el mejor momento para atacar a Alemania y hacerse
con un rico territorio.
O’Higgins,
hábil estratega, había llevado consigo el ‘Plan
Subercaseaux’ y durante su elocuente discurso repitió
constantemente la frase “¡Me vengaré!”
y recurrió a íconos y emblemas patriotas como la necesidad
de reconquistar el territorio perteneciente a los nativos Fakun-Thilis,
en especial aquellos donde habitaba, antes de convertirse en caudillo
de la tribu, Krona.
Fueron cuarenta
y cinco minutos de exposición. Fueron cuarenta y cinco minutos
en que la palabra “paz” no tuvo cabida en el Salón
Azul del Palacio Cousiño. Fueron los cuarenta y cinco
minutos previos antes que el Presidente decidiera que
era hora de que Chile volviera a la guerra. Los objetivos
eran claros, capturar en el menor espacio de tiempo zonas importantes
para Alemania y cortar los caminos para evitar contragolpes. Los blancos
primarios del ataque eran la captura de Bremen y Frankfurt,
todo logro posterior a estos serían considerados triunfos adicionales.
Desde distintas regiones del imperio comenzaron a ser movilizadas las
unidades de la Caballería Montada. Su dirección
era Curicó y Temuco, desde donde se iniciaría
el ataque relámpago.
LA GUERRA MÁS GRANDE...
En un principio la sencilla
operación pareció truncarse. Un grueso del ejercito persa
se dirigía directamente al puerto de Bremen, sin embargo
la férrea defensa alemana logró evitar su caída,
visto lo cual O’Higgins comisionó
a diez escuadrones para atacar Bremen y otros diez que atacasen
Frankfurt, peligrosamente cerca de Berlín.
Fue así como en abril de 1605 comenzó el famoso sitio
de ambas ciudades que habría de provocar una ingente cantidad
de muertos entre ambas filas. En 1610 las fuerzas alemanas contraatacaron
fieramente sobre Curicó, destruyendo varias unidades
de defensa, sin embargo este ataque sólo logró debilitar
a las tropas en Bremen permitiendo a la Caballería
Montada rodear completamente la ciudad, mientras que la artillería
bombardeaba contínuamente las líneas enemigas.
En el sur
la situación era similar. Frankfurt presentaba una resistencia
enorme, sin embargo las unidades que eran despachadas desde Berlín
se dirigían inmediatamente al oeste, con la intención
de proteger Munich del ataque persa. A esta altura era evidente
la escasa preocupación del alto mando germano por el ataque chileno,
siendo esto lo que gatilló un ataque masivo por parte de la Caballería
Montada en 1615. Con sorpresa reaccionaron los alemanes quienes
no atinaron a defenderse y comenzaron a replegarse en la periferia de
la ciudad. En menos de veinticuatro horas Frankfurt y el estratégico
puerto de Bremen habían sido conquistados.
Considerando
que Alemania era la primera potencia mundial y Chile
no era más que un pequeño imperio, lograr la captura de
dos de sus principales ciudades significaba un golpe brutal al ego germano.
A pesar de los ánimos triunfalistas tras la victoria, en el alto
mando miraban con preocupación las siguientes acciones del enemigo,
ya que todos los análisis indicaban que sería difícil
defender ambas ciudades del contraataque alemán, en especial
Frankfurt que se encontraba a menos de veinte kilómetros
de Berlín. Sin embargo, cuando vieron que pasaban días,
luego semanas y posteriormente meses, sin que Alemania contraatacara,
O’Higgins vio una oportunidad para
lanzar un segundo ataque, esta vez mucho más temerario y cuyo
objetivo sería empujar al enemigo a las frías estepas
del sur.
Mientras en
Temuco se fraguaban los nuevos planes de invasión, en
Santiago el Presidente se reunía
en secreto con los embajadores de Persia, Rusia, India, China, la Nación
Iroquesa y la Nación Zulú. La importante cita había
sido requerida por el embajador persa quien buscaba, por todos los medios
posibles, lograr un acuerdo sobre el tema alemán.
- Alemania es claramente la nación más
poderosa del mundo y ha actuado de forma imprudente e irrespetuosa
-dijo el embajador Ahmad Bemini, y continuó-.
La guerra que mi país, la Nación Iroqués y
Chile están librando en contra de esos déspotas
debería ser una guerra de liberación que todas las naciones
del mundo debiesen pelear.
Desde finales
del siglo XIV, Alemania se había convertido en una poderosa nación
con presencia en los tres principales continentes del mundo. Su poder
militar era superior al de cualquier otra nación y su desarrollo
científico impresionaba a los más destacados tecnócratas
del globo.
Durante siglos
Alemania había actuado de forma prudente, sin inmiscuirse en
los problemas de las naciones vecinas, sin embargo durante la segunda
mitad del siglo XV y los primeros años del siglo XVI, Alemania
había iniciado un plan para hacerse del control de todas las
ciudades rusas y chinas cercanas a su territorio principal. Las invasiones
fueron rápidas y les otorgaron a los germanos muchos beneficios
inmediatos. Además, se dieron el lujo de iniciar campañas
bélicas en ultramar iniciando así un proceso de colonización
de zonas cercanas a China, India y Babilonia.
La enemistad
que el mundo sentía contra Berlín crecía
año tras año, pero no fue hasta 1685 cuando la situación
comenzó a salirse de control. Ese año llego al Trono
de Bismark un “hombre del pueblo”, un
campesino de la zona cercana a Brandenburg que había
logrado destacar por su florido discurso político y por sus pensamientos
ultra nacionalistas que lo hacían un hombre de temer. Había
logrado tomar el control del partido político Nacionalsocialista
en su ciudad natal y desde esa posición había alcanzado
el triunfo en las elecciones de gobernador de la provincia de Postdam
durante dos períodos consecutivos. El salto a la presidencia
fue sencillo. En noviembre de 1685 y con casi el 80% de los votos Adolf
Xarxo se convertía en el nuevo presidente de Alemania.
En un principio
Xarxo llevó a Alemania al aislacionismo
absoluto, sin embargo cuando vio que, tras ampliar su ejército
y construir una gran cantidad de edificios públicos, las arcas
de la nación se encontraban en una situación paupérrima
decidió usar su poder militar para chantajear a las naciones
vecinas, logrando así financiar nuevos proyectos urbanos, ampliar
su ejército y ganarse la enemistad de todo el mundo.
Por todo lo
anterior, la reunión entre el presidente chileno y los respectivos
embajadores adquiría una importancia enorme. Ni siquiera el más
grande de los enemigos de Xarxo se hubiera
imaginado lo fácil que fue poner de acuerdo a los siete gobiernos.
Entre la Nación Iroquesa y Persia existieron algunos roces con
el tema de quien tomaría prisionero a Adolf Xarxo,
mientras que el gobierno de Persepolis y Santiago
discutían cual sería el botín territorial tras
la guerra. Todos estos diferendos llegaron a rápido acuerdo.
Las naciones de ultramar pelearían por las ciudades de la estepa
del sur, mientras que Persia, Chile y la Nación
Iroquesa tomarían el control de las ciudades del norte de Alemania.
El acuerdo estipulaba que el ejército que tomara primero el control
de una u otra ciudad tendría derecho sobre ella y una vez finalizada
la guerra las partes involucradas podrían renegociar estas posiciones.
Lo que significaba que cada ejército peleaba por su cuenta, quien
primero llegase ganaba.
Los iroqueses
se sintieron perjudicados ya que no tenían tropas cercanas a
Alemania como Persia y Chile, sin embargo se negaron
a firmar un tratado de libre tránsito que Santiago
les había ofrecido para que llegasen sus tropas más rápido,
debido a que atentaba contra su seguridad nacional, además habría
hecho público el acuerdo secreto entre los siete gobiernos.
Fue así
como al período entre 1630 y 1770 se le conoció posteriormente
como La Gran Guerra.
Los escuadrones
de Xarxo lograron reagruparse rápidamente,
tras la embestida de las fuerzas aliadas. Inflingieron graves daños
al ejército persa y pusieron en jaque la avanzada chilena en
la ciudad de Hamburg. Sin embargo, tras la toma de Izumo
en el sur por parte de los chinos el camino hacia el oeste estaba abierto.
Fue una guerra
de desgaste. Pueblos y villas fueron arrasados durante los combates
y un sinnúmero de atrocidades fueron cometidas por soldados de
uno y otro bando. La gente en las ciudades comenzó a hartarse
de ver llegar los cuerpos de jóvenes soldados desfigurados. Las
masacres diezmaban el espíritu patriota, por más que se
repitiera a cada rato el “¡Me vengaré!”
de Krona y el apoyo ciudadano a la guerra
decaía estrepitosamente. Era necesaria una victoria importante
de forma inmediata. La orden que el presidente Bulnes
le dio al sexagenario O’Higgins durante
el mes de octubre de 1635 fue clara; “¡Que caiga Berlín!”.
Con la meticulosidad
de un gran jugador de ajedrez, O’Higgins
movió sus piezas con calma. Ocultó en los bosques cercanos
a la ciudad capital tres unidades de artillería, defendidas sólo
por un pequeño destacamento de infantería. Mientras preparaba
el bombardeo, sus comandantes en el norte cortaban los caminos que se
dirigían hacia Leipzig y fortificaban sus posiciones.
Era fundamental que estas unidades no fuesen atacadas previamente ya
que Berlín se encontraba fuertemente defendida y sería
una presa difícil de capturar.
Con seis escuadrones
de la Caballería Montada y otras tres unidades
de artillería era imposible atacar y lograr la captura de la
ciudad de un solo golpe. Se tuvo que llamar a tres escuadrones extras
provenientes de Santiago y Curicó,
sin embargo durante el amanecer del 31 de octubre de 1635 O’Higgins
presenció la aparición a pocos kilómetros de distancia
del grueso del ejército persa que marchaba en dirección
a Berlín. Según las informaciones de los vigías
el ejército contaba con al menos quince escuadrones de la Caballería
Persa , tres unidades de piezas de artillería y diez
regimientos de infantería. Si los persas llegaban primero a las
puertas de la ciudad, Berlín se rendiría a las
fuerzas norteñas sin dar siquiera una pequeña resistencia.
En esta situación
el general Bernardo O’Higgins toma la
decisión que marcará su vida y lo inscribirá en
los anales de la historia. En menos de diez minutos logra agrupar a
las fuerzas de artillería del sur y ordena iniciar el bombardeo
en treinta minutos. Mientras los preparativos de las fuerzas del sur
comienzan, O’Higgins, acompañado
solamente por un teniente del escuadrón de artillería,
recorre la distancia que separa el campamento sur del norte. No pasan
más de sesenta minutos cuando llega a la base de operaciones
de la Caballería Montada, al mismo tiempo que
la segunda ola de bombardeos enciende la ciudad y transforma Berlín
en una gran bola de fuego. Rápidamente ordena a los escuadrones
de la Caballería Montada lanzar un ataque brutal
sobre la ciudad y destruir rápidamente los puntos de defensa,
a la vez que ordena a la única pieza de artillería en
el norte atacar el camino principal hacia Berlín con
lo cual obligará a las fuerzas persas a detenerse.
La batalla
fue brutal. Tanto las fuerzas de infantería alemanas como los
escuadrones de Caballería Montada cayeron rápidamente,
tiñendo de rojo la nieve a las afueras de Berlín.
Luego de casi dos horas de batalla las fuerzas de O’Higgins
habían sido diezmadas, resistiendo sólo
el cuerpo que él mismo comandaba. La leyenda dice que fue el
propio Bernardo O’Higgins quien dio
la trompetada para atacar por última vez, en esta ocasión
al cuerpo de infantería que defendía la Plaza
de Armas de Berlín.
La historia
recuerda este ataque como “La Nube Infernal” o
“Los Fantasmas de Berlín”, ya que la brutalidad
del ataque a la plaza y su fiera defensa levantó una polvareda
tal que encegueció a ambas unidades, peleando prácticamente
a tientas. Nadie sabe quien lanzó el último disparo. Lo
que si se sabe es que el cuerpo de O’Higgins
yacía inerte en medio de los restos de las defensas de la plaza.
Blandía su sable en la mano izquierda y su revolver en la derecha.
Su rostro denotaba cansancio e impotencia. Claramente había saltado
los restos de las fuerzas de defensa con tal de avanzar directamente
sobre el Palacio Bismark. Tal vez en su cabeza soñaba
con la captura de Adolf Xarxo, tal vez sencillamente
deseaba ser héroe. Sea cual fuese su razón, la valerosa
acción de Bernardo O’Higgins
había significado la destrucción de la última unidad
de defensa de Berlín, permitiendo la entrada y posterior control
de la ciudad por parte del débil pero valeroso cuerpo de infantería
de Chile.
El mensaje
que el capitán de regimiento había enviado al Palacio
Cousiño era conciso; “Berlín
tomada. General muerto. Misión cumplida”.
Durante las
semanas siguientes, los saqueos en la ciudad por parte del pueblo y
las fuerzas de ocupación dejaron en peores condiciones a la milenaria
ciudad. A esto se sumaba el desconcierto de no saber dónde se
encontraba Xarxo y su cúpula militar.
La caída de Berlín se transformó
en una estocada mortal para las fuerzas germanas, las cuales se encontraron
desprovistas de un mando central único y carecían de los
más mínimos suministros para enfrentar una guerra en múltiples
frentes.
Quedaba comprobado
que el régimen de Xarxo vivía
sus últimos días. Cuando las fuerzas chilenas entraron
en Brandenburg y en el puerto de Konigsberg, los soldados
alemanes rápidamente se rindieron sin dar señales de querer
resistir. La misma historia se repetía en el frente persa, tras
caer Hamburg y New Konigsberg. El último
foco de resistencia lo presentaba Leipzig, nueva ciudad capital
de Alemania y último refugio de Xarxo. Hacia 1650 la ciudad se
encontraba completamente rodeada por fuerzas chilenas y persas, sin
embargo la gran cantidad de unidades que la defendían hacía
en extremo difícil su captura, por lo cual se mantuvo el ataque
conjunto de artillerías de Chile y Persia, a
la vez que se bloqueó el puerto con el objetivo de evitar que
llegaran nuevos refuerzos.
El continuo
ataque a la ciudad, la destrucción de los caminos, la falta de
alimentos y la baja moral entre la población se tradujo en la
caída de Leipzig tras meses de sitio, en noviembre de
1650. Además la caída de la ciudad permitía el
libre paso de las fuerzas de invasión al puerto de Hannover
que no presentó resistencia alguna.
(NOTA DEL EDITOR) En este punto la narración
se corta. Según cuentan, el historiador Chilean President, bohemio
y bebedor, quizá en medio de alguna de sus crísis alcohólicas,
dejó de lado esta obra para dedicarse a escribir poesía
erótica inspirado por las mujeres que visitaba frecuentemente
en los lupanares de Viña del Mar. Permanecemos a la espera de
que en algún momento de lucidez retome el relato y nos ofrezca
la continuación de la magnífica HISTORIA GENERAL DE LOS
FRANCOCHILENOS.