Historia General de los FrancoChilenos.

Escrita por Chilean President.

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LOS ORÍGENES.


En primer lugar, antes del comienzo, hubo un tiempo en que el mundo era más frío y sombrío. Sobre una zona inmensa del hemisferio meridional se extendía una descomunal masa de hielo. Su volumen era impresionante, incluso en su borde exterior medía aproximadamente 10 metros de altura. El gélido frío imperante azotaba las cavernas, dónde las primitivas formas de vida luchaban por la supervivencia. Sin embargo, con el paso del tiempo el reinado de las sombras inició una lenta retirada.

Corría el año 4000 a.C., y las tribus de la meseta conocida como Fakun-Thilis decidieron deponer sus litigios de tierras y formar una gran alianza que las agrupase. No todo fue sencillo, la idea de formar la alianza tenía muchos detractores, sin embargo el temor a los Gül-Hôm (hombres de hielo que habitaban las tundras australes) y los For-Hôm (hombres de la jungla que habitaban al norte del valle) fue más fuerte.

El líder de la nueva alianza era una figura extraordinaria que, en la costa de la que provenía, ya se había convertido en una leyenda en vida. Se le conocía a lo ancho y largo de Fakun-Thilis simplemente como Krona.

Había comenzado siendo un simple agricultor, parecido a tantos otros terratenientes que habitaban la costa occidental de Fakun-Thilis. Y eso es lo que habría seguido siendo de no haberse producido una de esas tragedias que obligan a un hombre, o a una comunidad, a tomar un rumbo muy distinto. En el caso de Krona, lo que alteró la situación fue la invasión de una tribu bárbara que desde hacía tiempo venía merodeando, con la ayuda de los Gül-Hôm, por aquella zona. Los saqueadores que habían llegado para devastar la región de Krona eran un grupo relativamente insignificante, una tribu anónima pero feroz, formada por individuos altos y fuertes cuyo único interés consistía en cazar, robar y destruir.

Un día, Krona realizó una solitaria expedición a un lugar de la costa norte, y a su regreso descubrió que los invasores habían quemado su granja, matado a su mujer y a cuatro de sus cinco hijos, además se habían llevado todas sus cabezas de ganado. Cuando Krona contempló aquella terrible escena, juró: “Me vengaré”.

Una vez conformada la alianza de los Fakun-Thilis y fundada su ciudad capital llamada Sangode Thili, Krona decidió formar un ejercito de valientes agricultores para marchar sobre las fuerzas opresoras. Su primer ataque se produjo en un poblado al norte de la ciudad capital, un pueblo de nombre anónimo. Los aldeanos no presentaron resistencia al avance del ejército, entregándoles como ofrenda los mapas de la región. Krona lograba su primera victoria sin derramar sangre.

Los años pasaron y los deberes de Krona como líder supremo, cabeza de la secta del sol, alcalde de Sangode Thili y padre de Kana, la única sobreviviente de la masacre bárbara, lo alejaron de los campos de batalla y menguaron su belicosidad. Se volvió un estadista que velaba por su pueblo y buscaba mejorar sus condiciones de vida, como también elevar el conocimiento. Fue así como Krona tuvo la brillante idea de llamar a los más destacados pensadores de la ciudad a descubrir una nueva forma de comunicación que les permitiese entenderse con otras tribus y mejorar la comunicación al interior de los Fakun-Thilis. Lamentablemente, el sueño eterno lo alcanzó antes de ver terminada su gran idea, conocida posteriormente como el alfabeto, nacimiento del Frañol, la nueva lengua de los Franco-Chilenos (variación moderna de los Fakun-Thilis).

Así fue como Kana (conocida también como Joan o Juana) asumió el control de la primitiva nación. Con conocimientos básicos de combate, la nueva líder tuvo que aprender el arte de la guerra, decidiéndose por la habilidad llamada arquería, aprendida de los Gül-Hôm (o Germanos) el año de la firma de la paz.

Kana D’Arc fue una gran gobernante. Convirtió a los francochilenos en la tribu más poderosa del valle al dotar a Sangode Thili de una gran cantidad de fuerzas militares, gracias a lo cual el peligro de invasión por parte de los For-Hôm (ingleses) y otras tribus lejanas (persas e iroqueses). Gobernó por muchos años y su política con respecto al llamado “mundo exterior” fue de aislacionismo absoluto, siendo esta la herencia política de sus descendientes.

Sin embargo esta cosmovisión francochilena no prosperó por mucho tiempo. Hacia el 2000 a.C., los druidas y las machis profetizaban sobre la amenaza del futuro de no ampliar las fronteras. El temor a una inferioridad frente a tribus amenazadoras significó el resurgimiento del antiguo temor de Krona y su mensaje a las generaciones futuras; “Me vengaré”. Fue esto lo que permitió el inicio de la construcción de caminos que llevarían a tierras ricas para la fundación de las “Hijas de Santiago”.

En 1950 a.C. se funda al noroeste de Sangode Thili, llamada ahora Santiago de Chile, la ciudad de Rancagua, la cual se convirtió en pocos años en el foco de producción más importante del nuevo imperio. A Rancagua se sumaron los planes de fundación de Viña del Mar en la costa del noreste y el de una nueva ciudad en la costa occidental para recordar a Krona (Curicó). Pero esta necesidad de expansión trajo los nuevos vientos de guerra al imperio. La zona donde se iba a fundar Viña del Mar fue tomada por los ingleses, quienes construyeron Hastings. Inmediatamente la alerta sonó fuerte en Santiago, y D’Arc decidió enviar tropas para eliminar la amenaza norteña. Fue así como en 1350 a.C. estalló la guerra. La gente temerosa de una violenta reacción inglesa emigró al sur, sin embargo la sorpresa de una fácil victoria y la caída de Hastings provocaron alegría en todos. El Imperio FrancoChileno estaba llamado a convertirse en una pieza fundamental del intrincado puzzle continental.

La expansión del imperio continuó con la fundación de Viña del Mar, al sur de las ruinas de Hastings, en 1325 a.C., y 300 años después Curicó cerca de la costa occidental.

La casa D’Arc impregnó con un toque de ilustración el imperio en aquella época de sombras. Los avances tecnológicos y el poder militar convertían a los francochilenos en una raza fuerte y cohesionada. Además los siglos de paz, posteriores a la guerra con los ingleses, permitieron a la nación realizar construcciones imponentes en todas las ciudades, entre ellas, La Gran Librería de Santiago de Chile, terminada en 250 a.C.

Sin embargo la presión producida por la expansión de las demás naciones, principalmente los germanos y los persas, provocaba gran temor entre la población, que no pudo ser aplacada con la fundación de Copiapó en 230 a.C. Todo indicaba que el futuro y la supervivencia del Imperio FrancoChileno radicaba en la guerra. La total y absoluta desaparición de las ciudades germanas y las colonias persas del sur era necesaria. Al pueblo sólo le restaba esperar cuáles serían las medidas que tomarían las próximas generaciones de D’Arc.

EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA.


Los vientos de cambio y renovación cruzaban todo el imperio. Rumores de la caída del viejo orden y el nacimiento de una nueva, más justa y poderosa forma de gobierno, se esparcían por ciudades y pueblos. Se le llamó Revolución. La toma del poder por parte de los ilustres ciudadanos de las manos de hierro de la Casa D'Arc.

En el año 30 de nuestra era la guerra civil parecía inevitable. Los ejércitos de Santiago de Chile salían de su guarnición en dirección a Rancagua con tal de apaciguar la revuelta, sin embargo a menos de 2 horas de haber iniciado el viaje, las fuerzas retornaron a la capital y clavaron sus amenazantes lanzas y relucientes espadas en los jardines del Palacio Cousiño. De pronto las puertas se abrieron de par en par y el poderoso y viejo gobernante apareció a la luz del día. Lucía su vieja corona y su azul capa. Caminaba con lentitud y miraba con una mezcla de desdén y admiración a las fuerzas apostadas frente a él.

Súbitamente D'Arc blandió su espada y gritó: "Yo soy el hijo de Krona. Soy yo quien gobierna. Soy yo el heredero de la Dinastía. ¿Cómo osáis venir aquí y mostrarme sus hierros afilados?". Entre las fuerzas militares cundía la confusión. El viejo D'Arc era como un padre para ellos, pero la necesidad de cambiar la forma de gobierno era algo más que necesario. Fue entonces cuando de entre las filas de los caballeros montados un joven y delgado capitán del ejercito avanzó hacia D'Arc. Lucía con orgullo el pulcro uniforme de las Fuerzas Montadas, resaltando en él Las Medallas de Honor y La Cruz de Krona por su participación en los victoriosos combates contra bárbaros sureños.

Lentamente, el capitán avanzó en su corcel hasta ubicarse frente al gobernante. Desmontó y desenvainó su espada con su mano derecha, levantándola con tal que todos los soldados lo vieran. Parecía un sueño para quienes presenciaron la escena. El líder desprotegido frente a un capitán de ejército, y cientos de soldados petrificados mirando los acontecimientos.

Fue en ese momento cuando el capitán Eduardo D'Arc pronunció las siguientes palabras: "Oh padre mío, el pueblo te lo implora, depón tu actitud y tu gobierno en sus manos con tal de evitar el derramamiento de más sangre francochilena. Tu primogénito te lo pide con respeto". Dicho esto, el heredero del trono clavó su espada en el suelo y arrodillose frente a su septuagenario padre. El gobernante, con sus ojos húmedos y su mano temblorosa por el peso de su espada, no hizo más que bajar la cabeza y asentir a los deseos de su hijo.

-Toma mi corona, pues ahora es tuya- dijo D'Arc a su hijo, y continuó al resto de los soldados- Sois vosotros también hijos de Krona al igual que yo y si es menester ceder mi trono a las nuevas generaciones con tal de mantener esta sagrada alianza lo haré. Mas temo que sea un error os deseo lo mejor e imploró al espíritu de Krona para que os guié en vuestras futuras empresas.

De ese modo en el año 30 d.C. el Imperio FrancoChileno comenzó a ser conocido como la República de FranciaChile en toda la isla. Enviados de lejanas tierras, como China, América y Rusia comenzaron a llegar a la capital, deseando presentar sus respetos a los nuevos gobernantes, que por cierto seguían perteneciendo a La Casa D’Arc.

La República FrancoChilena era un tanto particular. Existía un líder absoluto llamado Superieur, él llevaba las riendas del país y gobernaba de forma vitalicia (debía pertenecer a La Casa D’Arc), sin embargo el Gran Concejo, compuesto por Senadores de las cinco ciudades, elegidos en votación por los ciudadanos nobles, tenían poder suficiente como para suprimir las decisiones del Superieur o tomar decisiones por si mismos. En los primeros decenios de este nuevo sistema las disputas entre el Gran Concejo y el Superieur provocaron muchas rencillas y “ruidos de sable” en las filas del ejército, sin embargo la guerra civil fue evitada.

Hacia el año 200 d.C., el Superieur y el Gran Concejo coincidieron en que era vital para los intereses de la República iniciar un proceso de expansión. Los germanos, en el sur, tenían vastos territorios y comenzaban a representar una terrible amenaza. Por otro lado las colonias persas en la costa este se tornaban peligrosas y los campesinos se quejaban de las continuas rapiñas realizadas por el ejército de Jerjes. Fue así como se determinó que el enemigo más débil para FranciaChile eran los ingleses. Luego de fundar en el sur la ciudad de Temuco, los esfuerzos del gobierno se enfocaron en crear un contingente militar para una futura guerra contra Inglaterra. La misión era clara, buscar la guerra sin declararla. Ser el invasor sin dejar de jugar el rol del “defensor”. En resumidas cuentas, esperar a que Inglaterra declarase primero la guerra.

Pasaron los años y las relaciones diplomáticas entre Londres y Santiago de Chile se tornaron paupérrimas. Las escaramuzas en las fronteras eran algo de todos los días. A eso se sumaba un ejército nacional formado para la guerra y un pueblo que había sido adoctrinado desde la infancia para ver en Inglaterra el mal que era necesario erradicar de este mundo. Esa concepción no estaba del todo equivocada desde el punto de vista de los francochilenos, quienes habían adoptado como religión nacional, La Vía de Cristo, mientras que los ingleses aún se encontraban sumidos en las tinieblas del Paganismo.

POOR ELIZABETH!


En el año 630, los anhelos belicosos del Gran Concejo y del Superieur fueron colmados. Persia decidió invadir Inglaterra con tal de ampliar su territorio y Elizabeth, la gobernante inglesa, respondió a esa invasión exigiendo al Gobierno francochileno el pago de una elevada suma de dinero por mantener la paz. El enviado de la Reina fue prontamente rechazado con una nota que tenía escrita solo una palabra… Una mítica palabra.
"¡Venganza!".

A las poderosas fuerzas francochilenas no les fue difícil penetrar el territorio inglés. El conflicto en el norte contra los persas mantenía ocupado al ejército inglés en una larga guerra de desgaste y con poca movilidad de fronteras, por lo cual la guerra en el sur les llegó en un muy mal momento. En 650, fuerzas del ejército francochileno ingresaron a Coventry e izaron la bandera de la República. Mientras eso ocurría en el este, en el oeste una gran fuerza militar se dirigía a Londres con la misión de capturarla. Sin embargo, y debido a la gran cantidad de fuerzas de defensa inglesas apostadas en su capital tras escapar del avance persa, hacían que un ataque a Londres fuera inútil. A mitad de camino la contraorden llegó, la nueva misión era capturar la gran ciudad de Nottingham (La Casa del Gran Faro) y la ciudad de New Hastings al norte de Rancagua. Por otro lado fuerzas desplazadas desde Curicó se dirigían al norte, hacia Warwick.

En el 670, New Hastings cae en manos francochilenas y York en manos persas, el cerco a los ingleses se reducía cada vez más. Durante la primera mitad del siglo VIII de nuestra era, la invasión se convirtió en todo un éxito. En 710, Nottingham cayó y en 740 Warwick era destruida al mismo tiempo que los persas marchaban por Picadilly Square, llegando así al final de la guerra anglo-persa. La rendición frente a FranciaChile tardaría 10 años, con el tratado de Oxford, por el cual la ciudad homónima pasaba a control de la Casa D'Arc.

Y así, con una política violentamente expansiva (fundación de Talca en el 840 y de Antofagasta en el 920) se llegaba al final del primer milenio de la Era Cristiana. En esos siglos La Casa D’Arc y el Gran Concejo mantuvieron una continua búsqueda del conocimiento y el reforzamiento de la cultura nacional, gracias a ello en el 960 la centenaria ciudad persa de Ergili se levantó en armas contra sus lideres y enarbolaron, con orgullo, la noble insignia de FranciaChile.

El ejército creció en número y poder al igual que el resto de la República. La amenaza inglesa ya había sido eliminada, sin embargo nubes oscuras asomaban en el horizonte, tanto por el norte como por el sur. Hacia el año 900 la guerra germano-persa tenía como campo de batalla las zonas fronterizas de la República lo cual era preocupante, aunque más preocupante fue su firma de paz, ya que ponía a FranciaChile como el blanco de futuras aventuras bélicas de ambas naciones.

Por otro lado, las noticias que llegaban desde las lejanas islas occidentales hablan de dos brutales guerras entre los llamados aztecas e hindúes, y griegos y egipcios. Los ganadores de aquellos conflictos se convertirán en protagonistas claves del tablero internacional del cual FranciaChile ya era parte.

En el año 1130, Santiago ve con preocupación la situación geopolítica de la Nación. La República se encuentra en medio de dos grandes potencias y sólo el tiempo diría quién daría el primer golpe y a quién iría dirigido.

Hay veces en que el reloj de la historia se detiene durante muchos años. Es como si alguien lograra pausar el tiempo y anular los cambios, la evolución y el desarrollo. A veces tales pausas pueden durar siglos. Centurias sin que nada cambie en el entorno global y en el núcleo familiar. Sin embargo, entre los años 1130 y 1590 de nuestra Era, los cambios que se produjeron en La República de FranciaChile tomaron a todos de sorpresa y la rapidez con la que se produjeron provocó, no sólo levantamientos civiles, sino una transformación brutal y general del Estado.

En 1320 los festejos en la costera ciudad de Viña del Mar atrajeron a miles de personas desde lejanas tierras. La inauguración del monumento a Fernando de Magallanes, gran navegante francochileno, se había convertido en la mayor fiesta realizada en el interior de la nación desde la apertura de La Gran Librería de Santiago de Chile. Sin embargo los festejos no ocultaban los temores de la población por las noticias llegadas desde las afueras de las fronteras. Por un lado los persas aumentaban su territorio a costa de los iroqueses en el norte, mientras que en el sur los alemanes se encargaban de conquistar las colonias chinas y rusas. Desde lejanas islas llegaban noticias de la invasión por parte de los hindúes de la nación Azteca. Parecía ser que todos los imperios crecían, mas el francochileno seguía igual.

Los temores de la población alcanzaron el máximo nivel en 1335, cuando el cuerpo de ataque N°3 del ejército alemán ingresó a Newcastle y asesinó despiadadamente a la monarca. La capitulación de Newcastle significó el fin del Imperio Inglés y provocó una de las mayores crisis humanitarias de las que se tenga cuenta. A los campos del sur del país llegaban hordas de desplazados en busca de comida y refugio. Las noticias más impactantes llegaban de la zona controlada por Persia, las cuales indicaban que los ingleses sobrevivientes a la masacre de Newcastle estaban siendo ajusticiados por tropas de elite de Jerjes.



HERMANO CONTRA HERMANO.


Debido al temor a una invasión similar a la que habían sufrido los ingleses, apareció, como brotes de una enfermedad incurable, la semilla de un movimiento que tenía como objetivo reemplazar la República y otorgar auténtico poder al Pueblo, no sólo a los nobles. Este movimiento estaba en contra de la figura del Superieur y del Gran Concejo, llamando al Sufragio Universal en busca de un nuevo líder que presidiese los poderes ejecutivos de la Nación y la creación de un poder legal que regulase al Gobierno. El Superieur -miembro aún de la milenaria dinastía D’Arc- veía en este movimiento la idea arrogante de los pobres ciudadanos de la urbe y una clara amenaza para sus propios objetivos, anexionarse Alemania.

El plan del Superieur no era tan descabellado. Viendo la situación actual del mundo, FranciaChile no podría resistir mucho tiempo sin ser un imperio grande y poderoso. Personalmente, la idea de la anexión de Alemania no le entusiasmaba, ya que la frase dicha por Krona hace miles de años, “Me vengaré"seguía siendo el lei motiv de la Nación. Sin embargo, los alemanes eran vistos con mucho más respeto que esos primitivos y sucios persas.

Fue así como en 1340 comenzó la represión. Los miembros de ese nuevo movimiento, autodenominados “demócratas” debían ser eliminados. Se crearon campos de exterminio a las afueras de las grandes ciudades, donde eran masacradas entre 30 y 80 personas por día. En un primer momento el Superieur y el Gran Concejo se sintieron complacidos, pero al poco tiempo de iniciados los asesinatos masivos se dieron cuenta que por cada demócrata que mataban, tres nuevos miembros de ese grupo aparecían.

Durante cuarenta años, el sentimiento "pro democratia" creció y se fortaleció en los barrios pobres de FranciaChile, pero también la represión se hizo cada vez más fuerte. Muchas familias que, en público profesaban la admiración y el respeto hacia la República y el Superieur, en privado organizaban reuniones y actos de sabotaje contra el gobierno. La última semana del mes de octubre de 1380, los rumores del deseo, por parte del Superieur, de anexionarse Alemania se hicieron públicos. Desde todos los rincones de la Nación se elevaron voces de protestas e incluso, algunos miembros del Gran Concejo, al ver el repudio popular al plan de unión, dieron su público apoyo a los demócratas.


La tragedia de los Mackenna.

Aquella fatídica última semana de octubre, un joven demócrata se dirigía a una asamblea en Curicó. Estaba contento. Según los líderes del movimiento, en Santiago se estaban produciendo cambios importantes, pero ellos no imaginaban lo que este joven les quería contar. Caminaba con rapidez. Había anochecido. El reloj de la catedral de la plaza marcaba ya las ocho. La asamblea debía de haber comenzado. Y además, a Rodrigo Mackenna no le gustaba la oscuridad de la ciudad.

Al doblar la esquina y ver la puerta de la casa en la que se llevaba a cabo la asamblea Rodrigo redobló el paso. Sin embargo, no fue suficientemente rápido para evitar que dos miembros de la Guardia Republicana se abalanzasen sobre él, lo tomasen por los hombros y lo lanzasen contra la pared. Trató de resistir, dió patadas, escupió, gritó, pero nada. Pronto llegaron más guardias y pudo ver horrorizado como sacaban de la casa los cuerpos inertes de sus compañeros. Todos habían sido asesinados. El movimiento tenía un espía.

En Santiago un miembro del Gran Concejo se sintió complacido por la captura del grupo subversivo curicano. Hace tiempo les llevaba la pista, y sólo con pagar unas pocas monedas de oro y prometer que dejarían en paz a su familia, había logrado sacarle toda la información a un desertor demócrata. Ya pensaba en grande; un ascenso, una nueva casa en el barrio alto o, tal vez, ser el futuro Superieur de este país. No, era adelantarse demasiado. Para Mariano Mackenna, haber logrado la desarticulación de la célula más importante de los demócratas en Curicó, era premio suficiente. Por eso se sorprendió con el mensaje urgente que había enviado su mujer. No decía mucho, sólo una frase: “No lo mandes a matar”. Era extraño, tanto Fernanda como él, eran acérrimos enemigos de los demócratas. ¿Pero...?¿De qué demonios hablaba? No entendía absolutamente nada. ¡Bah! Probablemente un pariente de alguna de sus amigas estará entre los criminales arrestados. Pero él poco o nada podía hacer, estaba fuera de sus manos. Además, enviar una petición para evitar la ejecución de uno de los criminales tomaría dos días y él no tenía el nombre del individuo, tendría que mandarle un mensaje a su mujer, que vivía en Curicó, para tener más información. No, demasiado trabajo. Demasiadas molestias por un miserable criminal. Fue así como Mariano Mackenna, miembro del Honorable Gran Concejo de FranciaChile, se retiró ese día a celebrar con su amante santiaguina la muerte de los criminales de Curicó.

Cuando supo, dos días después, que su único hijo había sido ejecutado junto con otros arrestados de Curicó, rompió en llanto. Esa mañana, Mackenna sufrió dos desmayos y tuvo que ser llevado a su casa de las afueras de Santiago. Por la tarde, mientras lloraba en un rincón de su pieza, apareció su mujer, Fernanda. Sus ojos rojos e hinchados demostraban que había llorado mucho, pero su rostro no tenía la más mínima expresión de tristeza o piedad por su marido. El rostro de Fernanda solo indicaba indignación y una rabia ciega contra Mariano.

A la mañana siguiente, cuando descubrieron el cadáver del honorable Mariano Mackenna, muchos supusieron lo que pudo ocurrirle, sin embargo no se levantaron cargos en contra de madame Fernanda. El caso de los Mackenna se hizo rápidamente conocido en todo el territorio y Rodrigo fue elevado al sitial de héroe demócrata, permitiendo una mayor difusión de esta historia y de los ideales del movimiento. Sin embargo, el aporte de Rodrigo a la causa democrática no se remitió sólo a su muerte. Cuando se dirigía a la asamblea iba contento ya que tenía una información muy importante que darle a los líderes locales. Esta información estaba escrita en un pequeño pliego de papel que llevaba entre las ropas, el cual cayó al suelo cuando fue arrestado por la Guardia Republicana. Un niño de la zona, que vio los sucesos de cerca, tomó el papel una vez despejada la calle y se lo llevó rápidamente a su padre, quién a su vez lo entregó a unos amigos suyos, de los pocos demócratas que seguían vivos en Curicó.

La información que había querido hacer pública Rodrigo era la misma que manejaba su padre, de hecho a él se la había robado, y consistía en una lista de nombres de capitanes y generales del ejército regular que estaban dispuestos a pelear por la causa democrática. El movimiento tenía ahora poder militar.

A fines de 1380 la guerra civil era cosa de días. El ejército regular, en su mayoría, era pro democracia y se enfrentaría a la Guardia Republicana del Superieur, claramente menores en número pero con mayores recursos. Muchas veces la guerra estuvo a punto de desatarse, pero siempre se veía aplazada por inútiles y poco productivas pláticas de paz. En diciembre de ese mismo año llegaron a FranciaChile las noticias de la captura de la ciudad de Chalco por parte de los hindúes y la consecuente destrucción de la nación Azteca. Fue la chispa que encendió los combates.

En un primer momento la situación se vio complicada para los demócratas, que no lograban avanzar en el frente de batalla y sufrían numerosas bajas. Sin embargo, tras dieciocho meses de combates que desangraban al país, una importante facción de la Guardia Republicana bajó las armas y se alió a los rebeldes. La modesta, pero estratégicamente necesaria Armada también se alió a los sublevados y logró transportar unidades a lejanas zonas del Imperio.

Después de dos años y seis meses de combates, y más de un millón y medio de muertos, la guerra civil llegó a su fin el 14 de julio de 1383. Ese mismo día se izó el nuevo Pabellón Nacional en el Palacio Cousiño. Había nacido una nueva nación, La República Democrática de Chile, que con el paso de los siglos sería llamada simplemente República de Chile. Todo recuerdo de la casa D’Arc y de los francos (nobles) había sido eliminado de raíz. El nuevo Presidente había instaurado un Congreso Nacional y nuevas leyes fueron decretadas. La alegría volvió a las calles bañadas en sangre, pero no por mucho tiempo.

Durante los siglos XV y comienzos del XVI, Chile se desarrolló lentamente. Se realizaron intercambios comerciales con otras naciones y se mejoró la calidad de vida. Sin embargo, el objetivo principal por el cual se había cambiado la forma de gobierno aún no se materializaba. La expansión territorial.

UNA APUESTA ARRIESGADA.


En 1500 Chile contaba con dos partidos políticos de importancia; el Demócrata y el Republicano. Ambos nacidos una vez terminada la guerra civil. En ese año un republicano -aislacionista- estaba en el poder, mientras que ambas cámaras del Congreso estaban en manos de los demócratas. Este gobierno hubiera pasado a la historia sin pena ni gloria, si no hubiera sido por los sucesos ocurridos ese 18 de septiembre de 1500.

Desde New Hastings llegaban las noticias de una penetración general por parte de la caballería persa, la cual se dirigía rápidamente hacia el sur. El Congreso llamó a una reunión de emergencia, mientras el Presidente se reunía con su comité de seguridad nacional. Tanto el Consejo de Seguridad como el Congreso bicameral llegaron a la conclusión de que pedir el retiro de las tropas persas significaría probablemente una declaración de guerra por parte de estos, debido a las malas relaciones entre Santiago y Persepolis, además aún no había claridad de qué es lo que realmente los persas querían hacer. Muchos rumores indicaban que le declararían la guerra a Alemania, pero los análisis más centrados indicaban que se trataba de reemplazos de unidades para las ciudades persas al sur de Chile.

En 1515 los chilenos se pudieron dar cuenta que Persia no buscaba reforzar sus ciudades sureñas, sino que buscaban más ciudades. Las víctimas de la Caballería Persa serían los alemanes.

Al presidente Gabriel Alessandri le brillaron los ojos esa mañana de abril de 1515, cuando fue informado del ataque Persa a Bremen y a otras ciudades alemanas. Lo primero que les dijo a sus asesores fue; “Es hora de nuestra venganza”. Tan solo sesenta minutos después la Caballería Montada Chilena salía de los cuarteles de Temuco, Curicó, Concepción, Copiapó y Santiago. Su misión era atacar sin piedad a las dispersas fuerzas alemanas y conquistar el mayor número de ciudades de la forma más rápida posible, para luego negociar la paz a cambio de algunos conocimientos tecnológicos.

El grueso del ejército chileno se movió rápidamente y ese año quedó marcado en la historia como el de la Victoria. Salzburg y Dortmund cayeron tras resistir unas cuantas horas, mientras que la Caballería Montada en occidente acababa con los Caballeros y la Caballería de los alemanes fuera de las ciudades, con tal de dejarle el paso libre a los persas. Alemania respondió tibiamente al ataque chileno ya que el peligro de que la gran ciudad de Bremen cayera en manos persas era más que latente.

Secretamente, en 1520 Chile firmó un acuerdo de cooperación militar mutua con Persia, lo cual les ganó muchos amigos, en especial chinos y rusos que habían sufrido la destrucción y/o captura de sus ciudades por parte de los alemanes.

La campaña victoriosa se extendió aún más al sur, llegando al límite de la temeridad por parte de la Caballería Montada. Fuerzas de asalto rápido destruyeron los caminos cercanos a Frankfurt con el objetivo de eliminar su red de refuerzos, mientras que las fuerzas orientales del VII Escuadrón de la Caballería Montada se hacían con el control de la antigua ciudad inglesa de Liverpool y la gran ciudad de Stuttgart.

A pesar del amplio avance de las fuerzas chilenas todas se encontraban dispersas defendiendo las ciudades recién conquistadas y ya no se podrían realizar nuevos ataques masivos, que tantos beneficios habían dado. A esto se sumaba el hecho de que los alemanes habían logrado acabar con gran parte de las fuerzas persas y estaban ahora en libertad de atacar las ciudades chilenas del sur. Fue así como en 1535 la ciudad de Copiapó sufrió el mayor ataque del que se tenga registro. Alrededor de quince o veinte unidades de la Caballería Alemana dieron el asalto a la ciudad, mientras que desde Bremen se sumaba un ejército comandado por un general de nombre desconocido. Al ataque a Copiapó se agregaba el asalto a Stuttgart en el este, el cual fue repelido por Chile, no sin antes sufrir muchísimas bajas.

Hacia 1545 el ataque alemán se había intensificado y muchas ciudades estaban en peligro de caer, además los persas se habían retirado del campo de batalla y se negaban traidoramente a acudir en ayuda de Chile. Fue por eso que el gobierno demócrata decidió firmar la paz. Se trató de un acuerdo simple, no hubo retribución de dinero, ni donación de tecnología, ni nada. Solo paz mutua. Por lo menos las cuatro nuevas ciudades eran un botín más que bueno.

La victoria chilena por sobre Alemania transformó a la Nación en un pequeño pero poderoso Imperio, sin embargo otra habría sido la historia de no haber contado con el respaldo de Persia en un primer momento. Muchos republicanos sostenían que el ataque de Persia a Alemania tenía como único objetivo provocar la guerra entre éste país y Chile, para así hacerse los persas con control de su antigua ciudad de Ergili, bajo soberanía chilena desde hacía siglos. Estas teorías de conspiración fueron rápidamente desechadas, hasta que en 1565 la ciudad de Ergili inició una revuelta que terminó por la arriada de la bandera chilena y el izamiento el pabellón persa, algo que dolió mucho a los líderes demócratas.

¡ME VENGARÉ!


Por otro lado el ejército quedó con gusto a poco de la guerra. Sus fuerzas resistieron fieramente los ataques alemanes al final del conflicto, pero probablemente no habrían podido resistir el asedio germánico por mucho tiempo más. En los labios de los generales se podía escuchar el ya mítico
“¡Me vengaré!”, con el cual protestaban por la paz con Berlín y buscaban que el conflicto se reiniciara.

En 1580 los generales sonrieron. El ejército iroqués bajaba desde New Hastings hasta Copiapó y comenzaba a hostilizar a las fuerzas alemanas. Era la misma situación que habían gatillado los persas ochenta años antes, sin embargo en esta ocasión las llamadas a combate no fueron lanzadas, lo cual posteriormente fue considerado un acto de suma prudencia por parte del gobierno, ya que hacia 1590 las destrozadas fuerzas iroquesas corrían en retirada hacia el norte, seguidas por decenas de unidades de la Caballería Alemana.

Desde New Hastings un suspicaz comandante del ejército le escribió a un general en Santiago que: “…la cantidad de fuerzas alemanas que corren en persecución de los iroqueses hacia el norte es tal, que me hace sospechar realmente de la fuerza militar que están dejando en sus ciudades…”. El general dobló meticulosamente la carta y se acercó a la ventana, desde la cual podía ver las luces tenues que iluminaban el Palacio Cousiño. Tomando un sorbo de vino traído recientemente de la capturada Stuttgart, el general Jorge Subercaseaux refunfuñó: “Declara la guerra maldito cobarde. Declara la guerra ahora que de una vez por todas los podremos aplastar”.

La tarea era ardua y desagradable. Por más que pasaban horas cargando los cuerpos inertes y desangrados, estos no disminuían en cantidad. El río, que corría desde el norte, llevaba hasta las llanuras a los caídos en las batallas de forma poco honrosa. En este campo de muertos, generales y cabos compartían la misma trinchera inmunda, siendo una imagen que se repetía en distintas zonas del norte de Chile.

La brutal guerra entre Alemania y la Nación Iroquesa tenía como escenario la frontera entre Chile y Persia, mostrando su cara más violenta e inhumana en las zonas cercanas a Antofagasta. Los habitantes de esa ciudad miraban con pavor el movimiento de tropas alemanas hacia el norte, rezando por un fin rápido de las hostilidades y el regreso de la paz. Por otro lado, los comerciantes eran los que estaban más contentos. El dinero que cargaban los alemanes había permitido que sus posadas, bares y prostíbulos aumentaran sus ingresos, haciendo de Antofagasta el más pujante centro comercial del norte de Chile. Con la rapidez que llegaba el dinero los antofagastinos lo gastaban sin detenerse a pensar en el futuro. Si tan sólo hubiesen conocido con antelación el ‘Plan Subercaseaux’, todo habría sido distinto.

Hacia finales del siglo XVI, el general Jorge Subercaseaux había analizado las posibilidades reales que tenía Alemania para defenderse en caso de guerra con Chile, siempre que mantuvieran a la vez una guerra con la Nación Iroquesa o en su defecto con Persia. Durante más de una década el ‘Plan Subercaseaux’ había sido olvidado y se encontraba lleno de polvo en las bodegas de la Comandancia en Jefe del Ejército. El plan contemplaba como se debería actuar en caso de una guerra ofensiva contra Alemania y como se debería actuar en caso de una guerra defensiva contra Persia, la Nación Iroquesa o Alemania. Se trataba de una serie de estrategias bastante complejas, las cuales consideraban movimiento de tropas, alineación, posiciones de retirada y contragolpe, e incluso las ciudades que deberían, en caso extremo, dejarse en manos del enemigo.

En efecto, el plan nunca hubiera salido a la luz sino fuera por lo ocurrido el 13 de febrero de 1605. En un movimiento totalmente sorpresivo las fuerzas persas arrasaron a la Caballería Alemana que se dirigía hacia el norte en persecución de los iroqueses. Las batallas fueron sencillamente una masacre. Los escuadrones alemanes no atinaron a replegarse y fueron abatidos en todas sus posiciones de avanzada, además las fuerzas persas apostadas en el sur iniciaron un avance rápido a la ciudad de Munich, dónde encontraron los primeros focos de resistencia.

El Concejo de Seguridad de la Nación fue llamado de urgencia por el Presidente de la República al día siguiente. Por un lado estaban los republicanos, quienes exigían que las tropas permanecieran en los cuarteles y que Chile se mantuviera neutral en el conflicto, lo cuál era respaldado por la necesidad de levantar la economía y productividad de la nación que aún no se recuperaba de la anterior guerra con Alemania. Por otro lado se encontraban los demócratas, respaldados por la cúpula militar, comandada por el General Bernardo O’Higgins, discípulo de Subercaseaux, quienes opinaban que era el mejor momento para atacar a Alemania y hacerse con un rico territorio.

O’Higgins, hábil estratega, había llevado consigo el ‘Plan Subercaseaux’ y durante su elocuente discurso repitió constantemente la frase “¡Me vengaré!” y recurrió a íconos y emblemas patriotas como la necesidad de reconquistar el territorio perteneciente a los nativos Fakun-Thilis, en especial aquellos donde habitaba, antes de convertirse en caudillo de la tribu, Krona.

Fueron cuarenta y cinco minutos de exposición. Fueron cuarenta y cinco minutos en que la palabra “paz” no tuvo cabida en el Salón Azul del Palacio Cousiño. Fueron los cuarenta y cinco minutos previos antes que el Presidente decidiera que era hora de que Chile volviera a la guerra. Los objetivos eran claros, capturar en el menor espacio de tiempo zonas importantes para Alemania y cortar los caminos para evitar contragolpes. Los blancos primarios del ataque eran la captura de Bremen y Frankfurt, todo logro posterior a estos serían considerados triunfos adicionales. Desde distintas regiones del imperio comenzaron a ser movilizadas las unidades de la Caballería Montada. Su dirección era Curicó y Temuco, desde donde se iniciaría el ataque relámpago.

LA GUERRA MÁS GRANDE...


En un principio la sencilla operación pareció truncarse. Un grueso del ejercito persa se dirigía directamente al puerto de Bremen, sin embargo la férrea defensa alemana logró evitar su caída, visto lo cual O’Higgins comisionó a diez escuadrones para atacar Bremen y otros diez que atacasen Frankfurt, peligrosamente cerca de Berlín. Fue así como en abril de 1605 comenzó el famoso sitio de ambas ciudades que habría de provocar una ingente cantidad de muertos entre ambas filas. En 1610 las fuerzas alemanas contraatacaron fieramente sobre Curicó, destruyendo varias unidades de defensa, sin embargo este ataque sólo logró debilitar a las tropas en Bremen permitiendo a la Caballería Montada rodear completamente la ciudad, mientras que la artillería bombardeaba contínuamente las líneas enemigas.

En el sur la situación era similar. Frankfurt presentaba una resistencia enorme, sin embargo las unidades que eran despachadas desde Berlín se dirigían inmediatamente al oeste, con la intención de proteger Munich del ataque persa. A esta altura era evidente la escasa preocupación del alto mando germano por el ataque chileno, siendo esto lo que gatilló un ataque masivo por parte de la Caballería Montada en 1615. Con sorpresa reaccionaron los alemanes quienes no atinaron a defenderse y comenzaron a replegarse en la periferia de la ciudad. En menos de veinticuatro horas Frankfurt y el estratégico puerto de Bremen habían sido conquistados.

Considerando que Alemania era la primera potencia mundial y Chile no era más que un pequeño imperio, lograr la captura de dos de sus principales ciudades significaba un golpe brutal al ego germano. A pesar de los ánimos triunfalistas tras la victoria, en el alto mando miraban con preocupación las siguientes acciones del enemigo, ya que todos los análisis indicaban que sería difícil defender ambas ciudades del contraataque alemán, en especial Frankfurt que se encontraba a menos de veinte kilómetros de Berlín. Sin embargo, cuando vieron que pasaban días, luego semanas y posteriormente meses, sin que Alemania contraatacara, O’Higgins vio una oportunidad para lanzar un segundo ataque, esta vez mucho más temerario y cuyo objetivo sería empujar al enemigo a las frías estepas del sur.

Mientras en Temuco se fraguaban los nuevos planes de invasión, en Santiago el Presidente se reunía en secreto con los embajadores de Persia, Rusia, India, China, la Nación Iroquesa y la Nación Zulú. La importante cita había sido requerida por el embajador persa quien buscaba, por todos los medios posibles, lograr un acuerdo sobre el tema alemán.

- Alemania es claramente la nación más poderosa del mundo y ha actuado de forma imprudente e irrespetuosa -dijo el embajador Ahmad Bemini, y continuó-. La guerra que mi país, la Nación Iroqués y Chile están librando en contra de esos déspotas debería ser una guerra de liberación que todas las naciones del mundo debiesen pelear.

Desde finales del siglo XIV, Alemania se había convertido en una poderosa nación con presencia en los tres principales continentes del mundo. Su poder militar era superior al de cualquier otra nación y su desarrollo científico impresionaba a los más destacados tecnócratas del globo.

Durante siglos Alemania había actuado de forma prudente, sin inmiscuirse en los problemas de las naciones vecinas, sin embargo durante la segunda mitad del siglo XV y los primeros años del siglo XVI, Alemania había iniciado un plan para hacerse del control de todas las ciudades rusas y chinas cercanas a su territorio principal. Las invasiones fueron rápidas y les otorgaron a los germanos muchos beneficios inmediatos. Además, se dieron el lujo de iniciar campañas bélicas en ultramar iniciando así un proceso de colonización de zonas cercanas a China, India y Babilonia.

La enemistad que el mundo sentía contra Berlín crecía año tras año, pero no fue hasta 1685 cuando la situación comenzó a salirse de control. Ese año llego al Trono de Bismark un “hombre del pueblo”, un campesino de la zona cercana a Brandenburg que había logrado destacar por su florido discurso político y por sus pensamientos ultra nacionalistas que lo hacían un hombre de temer. Había logrado tomar el control del partido político Nacionalsocialista en su ciudad natal y desde esa posición había alcanzado el triunfo en las elecciones de gobernador de la provincia de Postdam durante dos períodos consecutivos. El salto a la presidencia fue sencillo. En noviembre de 1685 y con casi el 80% de los votos Adolf Xarxo se convertía en el nuevo presidente de Alemania.

En un principio Xarxo llevó a Alemania al aislacionismo absoluto, sin embargo cuando vio que, tras ampliar su ejército y construir una gran cantidad de edificios públicos, las arcas de la nación se encontraban en una situación paupérrima decidió usar su poder militar para chantajear a las naciones vecinas, logrando así financiar nuevos proyectos urbanos, ampliar su ejército y ganarse la enemistad de todo el mundo.

Por todo lo anterior, la reunión entre el presidente chileno y los respectivos embajadores adquiría una importancia enorme. Ni siquiera el más grande de los enemigos de Xarxo se hubiera imaginado lo fácil que fue poner de acuerdo a los siete gobiernos. Entre la Nación Iroquesa y Persia existieron algunos roces con el tema de quien tomaría prisionero a Adolf Xarxo, mientras que el gobierno de Persepolis y Santiago discutían cual sería el botín territorial tras la guerra. Todos estos diferendos llegaron a rápido acuerdo. Las naciones de ultramar pelearían por las ciudades de la estepa del sur, mientras que Persia, Chile y la Nación Iroquesa tomarían el control de las ciudades del norte de Alemania. El acuerdo estipulaba que el ejército que tomara primero el control de una u otra ciudad tendría derecho sobre ella y una vez finalizada la guerra las partes involucradas podrían renegociar estas posiciones. Lo que significaba que cada ejército peleaba por su cuenta, quien primero llegase ganaba.

Los iroqueses se sintieron perjudicados ya que no tenían tropas cercanas a Alemania como Persia y Chile, sin embargo se negaron a firmar un tratado de libre tránsito que Santiago les había ofrecido para que llegasen sus tropas más rápido, debido a que atentaba contra su seguridad nacional, además habría hecho público el acuerdo secreto entre los siete gobiernos.

Fue así como al período entre 1630 y 1770 se le conoció posteriormente como La Gran Guerra.

Los escuadrones de Xarxo lograron reagruparse rápidamente, tras la embestida de las fuerzas aliadas. Inflingieron graves daños al ejército persa y pusieron en jaque la avanzada chilena en la ciudad de Hamburg. Sin embargo, tras la toma de Izumo en el sur por parte de los chinos el camino hacia el oeste estaba abierto.

Fue una guerra de desgaste. Pueblos y villas fueron arrasados durante los combates y un sinnúmero de atrocidades fueron cometidas por soldados de uno y otro bando. La gente en las ciudades comenzó a hartarse de ver llegar los cuerpos de jóvenes soldados desfigurados. Las masacres diezmaban el espíritu patriota, por más que se repitiera a cada rato el “¡Me vengaré!” de Krona y el apoyo ciudadano a la guerra decaía estrepitosamente. Era necesaria una victoria importante de forma inmediata. La orden que el presidente Bulnes le dio al sexagenario O’Higgins durante el mes de octubre de 1635 fue clara; “¡Que caiga Berlín!”.

Con la meticulosidad de un gran jugador de ajedrez, O’Higgins movió sus piezas con calma. Ocultó en los bosques cercanos a la ciudad capital tres unidades de artillería, defendidas sólo por un pequeño destacamento de infantería. Mientras preparaba el bombardeo, sus comandantes en el norte cortaban los caminos que se dirigían hacia Leipzig y fortificaban sus posiciones. Era fundamental que estas unidades no fuesen atacadas previamente ya que Berlín se encontraba fuertemente defendida y sería una presa difícil de capturar.

Con seis escuadrones de la Caballería Montada y otras tres unidades de artillería era imposible atacar y lograr la captura de la ciudad de un solo golpe. Se tuvo que llamar a tres escuadrones extras provenientes de Santiago y Curicó, sin embargo durante el amanecer del 31 de octubre de 1635 O’Higgins presenció la aparición a pocos kilómetros de distancia del grueso del ejército persa que marchaba en dirección a Berlín. Según las informaciones de los vigías el ejército contaba con al menos quince escuadrones de la Caballería Persa , tres unidades de piezas de artillería y diez regimientos de infantería. Si los persas llegaban primero a las puertas de la ciudad, Berlín se rendiría a las fuerzas norteñas sin dar siquiera una pequeña resistencia.

En esta situación el general Bernardo O’Higgins toma la decisión que marcará su vida y lo inscribirá en los anales de la historia. En menos de diez minutos logra agrupar a las fuerzas de artillería del sur y ordena iniciar el bombardeo en treinta minutos. Mientras los preparativos de las fuerzas del sur comienzan, O’Higgins, acompañado solamente por un teniente del escuadrón de artillería, recorre la distancia que separa el campamento sur del norte. No pasan más de sesenta minutos cuando llega a la base de operaciones de la Caballería Montada, al mismo tiempo que la segunda ola de bombardeos enciende la ciudad y transforma Berlín en una gran bola de fuego. Rápidamente ordena a los escuadrones de la Caballería Montada lanzar un ataque brutal sobre la ciudad y destruir rápidamente los puntos de defensa, a la vez que ordena a la única pieza de artillería en el norte atacar el camino principal hacia Berlín con lo cual obligará a las fuerzas persas a detenerse.

La batalla fue brutal. Tanto las fuerzas de infantería alemanas como los escuadrones de Caballería Montada cayeron rápidamente, tiñendo de rojo la nieve a las afueras de Berlín. Luego de casi dos horas de batalla las fuerzas de O’Higgins habían sido diezmadas, resistiendo sólo el cuerpo que él mismo comandaba. La leyenda dice que fue el propio Bernardo O’Higgins quien dio la trompetada para atacar por última vez, en esta ocasión al cuerpo de infantería que defendía la Plaza de Armas de Berlín.

La historia recuerda este ataque como “La Nube Infernal” o “Los Fantasmas de Berlín”, ya que la brutalidad del ataque a la plaza y su fiera defensa levantó una polvareda tal que encegueció a ambas unidades, peleando prácticamente a tientas. Nadie sabe quien lanzó el último disparo. Lo que si se sabe es que el cuerpo de O’Higgins yacía inerte en medio de los restos de las defensas de la plaza. Blandía su sable en la mano izquierda y su revolver en la derecha. Su rostro denotaba cansancio e impotencia. Claramente había saltado los restos de las fuerzas de defensa con tal de avanzar directamente sobre el Palacio Bismark. Tal vez en su cabeza soñaba con la captura de Adolf Xarxo, tal vez sencillamente deseaba ser héroe. Sea cual fuese su razón, la valerosa acción de Bernardo O’Higgins había significado la destrucción de la última unidad de defensa de Berlín, permitiendo la entrada y posterior control de la ciudad por parte del débil pero valeroso cuerpo de infantería de Chile.

El mensaje que el capitán de regimiento había enviado al Palacio Cousiño era conciso; “Berlín tomada. General muerto. Misión cumplida”.

Durante las semanas siguientes, los saqueos en la ciudad por parte del pueblo y las fuerzas de ocupación dejaron en peores condiciones a la milenaria ciudad. A esto se sumaba el desconcierto de no saber dónde se encontraba Xarxo y su cúpula militar. La caída de Berlín se transformó en una estocada mortal para las fuerzas germanas, las cuales se encontraron desprovistas de un mando central único y carecían de los más mínimos suministros para enfrentar una guerra en múltiples frentes.

Quedaba comprobado que el régimen de Xarxo vivía sus últimos días. Cuando las fuerzas chilenas entraron en Brandenburg y en el puerto de Konigsberg, los soldados alemanes rápidamente se rindieron sin dar señales de querer resistir. La misma historia se repetía en el frente persa, tras caer Hamburg y New Konigsberg. El último foco de resistencia lo presentaba Leipzig, nueva ciudad capital de Alemania y último refugio de Xarxo. Hacia 1650 la ciudad se encontraba completamente rodeada por fuerzas chilenas y persas, sin embargo la gran cantidad de unidades que la defendían hacía en extremo difícil su captura, por lo cual se mantuvo el ataque conjunto de artillerías de Chile y Persia, a la vez que se bloqueó el puerto con el objetivo de evitar que llegaran nuevos refuerzos.

El continuo ataque a la ciudad, la destrucción de los caminos, la falta de alimentos y la baja moral entre la población se tradujo en la caída de Leipzig tras meses de sitio, en noviembre de 1650. Además la caída de la ciudad permitía el libre paso de las fuerzas de invasión al puerto de Hannover que no presentó resistencia alguna.

(NOTA DEL EDITOR) En este punto la narración se corta. Según cuentan, el historiador Chilean President, bohemio y bebedor, quizá en medio de alguna de sus crísis alcohólicas, dejó de lado esta obra para dedicarse a escribir poesía erótica inspirado por las mujeres que visitaba frecuentemente en los lupanares de Viña del Mar. Permanecemos a la espera de que en algún momento de lucidez retome el relato y nos ofrezca la continuación de la magnífica HISTORIA GENERAL DE LOS FRANCOCHILENOS.

 

 


 
     
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